domingo, 12 de octubre de 2008

Rafael Soto Vergés



Rafael Soto Vergés[1]

“Ahora, que ya estoy jubilado -me decía en nuestra última entrevista-, regresaré, como vuelven los elefantes al lugar de su nacimiento, a mi Cádiz, y, aquí, en el Campo del Sur, seguiré meditando, latiendo y conversando sobre los temas esenciales que me planteé cuando aún estudiaba en el Colegio de la Viña; seguiré reflexionando sobre aquellas cuestiones que, desde niño, constituyeron el objeto de mis permanentes y agudas preocupaciones. Durante toda mi vida, más que responder, he dirigido preguntas a Dios, a mi padre, a mis amigos y, sobre todo, a mí mismo”.

Este fragmento de una de nuestras dilatadas conversaciones mantenidas cuando, de repente, él había saltado de la juventud a la senectud, puede servir de ilustración de una de las claves que explican su afanosa vida y su trabada obra literaria. Cuando terminó sus estudios de Ciencias Empresariales, decidió trasladarse a Madrid, impulsado, no por la ilusión de proyectar su figura, sino por la esperanza de ahondar en los enigmas de la existencia; partió empujado por la voluntad de sondear las entrañas más secretas de las cosas sencillas, la médula de los valores domésticos más humanos y los términos de los problemas religiosos, en el más ancho sentido de esta palabra. Desde entonces, él pretendía indagar, por ejemplo, en la íntima sustancia de la fugacidad de la vida, de la muerte o de la tristeza.


Podemos afirmar que, a pesar de la profundidad y de la densidad del simbolismo de su poesía, toda su corta obra está hondamente arraigada en la dura experiencia personal e íntimamente amasada en su permanente monólogo interior. No podemos definir su obra, sin sondear en su personal concepción poética y, sobre todo, sin acercarnos al talante de este peculiar sujeto poético.

Su vida ha sido una rigurosa lección de muchas cosas; nos ha enseñado, sobre todo, que la introspección es una senda inevitable para descubrir la verdad que se encierra en el fondo de las tinieblas. Por eso, él -que prefería las sombras del ocaso a las agresivas luces del alba, y buscaba la oscuridad de la noche, donde todo reposa- eligió la poesía como una forma de liberarse a través del conocimiento y como el camino más directo, rico, vital, libre e intuitivo para desenmascarar los trucos de las modas literarias, para penetrar en el fondo de la autoconciencia y para adueñarse de los misterios de nuestra existencia.






Rafael Soto Vergés, uno de los poetas gaditanos más importantes, ha sido un hombre profundamente bueno, honesto y coherente que, con su triste tono esperanzado y con su estilo tamizado, nos ha demostrado que la modestia es la virtud de los hombres que saben de verdad. Ha vivido y ha muerto discretamente, como los caballeros andantes y como los santos ermitaños.
[1] Nació en Cádiz en 1936 y falleció en Madrid el año 2004) Consiguió el premio Adonais en 1958 por La agorera. Otras obras de este autor gaditano son Epopeya sin héroe (1967), Rimado bajo el piélago (1993) y Pasto en llamas (1999). Según Luis García Jambrina, Rafael Soto Vergés es uno de los autores fundamentales de la llamada «Promoción poética de los 60» . Pero el hecho de que publicara su primer libro en 1959 hizo que Antonio Hernández lo considerara, en su día, miembro de la promoción de los 50 ; por otra parte, su obra había figurado ya en la antología de la revista Cuadernos de Ágora (1959) , así como en la célebre de Batlló (1968) , al lado de los miembros más destacados de esta última promoción. Sin embargo, su poesía se encuentra bien lejos de cualquier realismo crítico, y poco tiene que ver con la poesía de la experiencia e incluso con la del conocimiento tal y como la conciben la mayor parte de los poetas de los cincuenta . En este sentido, es preciso recordar aquí sus ideas en torno a lo que nuestro autor –que, además de gran poeta, era un excelente crítico de arte y literatura – define como «ostracismo activo, esto es, una fuerte actividad psicológica interior, vertida en el sondeo del subconsciente y de las formas pararreligiosas de comunicación con la existencia, [que] me hacían buscar "alguna realidad más profunda y más cierta" que la que el mundo me mostraba». Campo de Agramante nº 5 , Otoño 2005

2 comentarios:

genialsiempre dijo...

Fui compañero de trabajo de Rafael Soto en PHILIPS, y aunque le teníamos por un "loco muy querido", he de resaltar su gran humanidad y su espíritu poético que nos acompañó en unas buenas veladas

jose rodriguez alberto dijo...

Hoy 5 de agosto de 2015, me entero que "ya sabes todo lo que se puede saber".....Rafael es seguro que tu recuerdas alguna de nuestras conversaciones en aquellas enfrentadas mesas que nos unian en las galeras contables del paseo de las Delicias de Madrid. Amigo.... un supiro por ti.